(Basado en este reportaje)
Todo empezó una tarde lluviosa de noviembre, mis padres decidieron que era una buena hospedarme en ese conjunto de edificios. No estaba del todo seguro, pero accedí por cortesía
los traumas de mis primeros meses en el frente habían sido nefastos, y el estrés nocturno era tan violento que me hacía revivir los más horribles recuerdos
Bajé del coche con dificultad, aún tenía la pierna escayolada y mi uniforme era lo único que verificaba mi origen y vivencias posteriores.
Pagué al conductor y miré la entrada, despistadamente.
mi equipaje era una pequeña maleta de cuero, y tampoco necesitaba más. Antes de entrar a recepción, di una pequeña vuelta alrededor del edificio hasta encontrar una gruta ornamental.
Con un gran esfuerzo, se sentó en uno de los bancos de piedra y miró la luz pálida entrar por pequeñas ventanas naturales.
Se dio cuenta de que llovía bastante, porque tenía el uniforme empapado, pero sus pensamientos le habían emborronado ese detalle durante su pequeña vuelta.
Aún podía escuchar los tiros, la trompeta que siempre sonaba en los funerales, el barro debajo de sus pasos. Todo era un bucle nauseabundo.
-¿Sr. Hammersmark?- una joven estaba delante de la puerta de la gruta, con un paraguas y una cordial sonrisa en carmín.
Desvié la mirada de la ventana hacia ella, algo confuso.
-Mis disculpas-me repuse- me he despistado antes de entrar a recepción...
La chica era, evidentemente, la recepcionista. La había visto cruzar gran parte del jardín, y, preocupada por la lluvia y su pié enyesado, había decidido ir a su busca.
En menos de una hora ya tenía una habitación adjudicada-cerca del pasillo principal, un gran detalle a favor de su pierna-y aunque había sido reticente a cambiarse de ropa, al final había aceptado una camisa de algodón y unos pantalones oscuros.
Se lo recomendaron como un 'cambio de aires' aunque sabía que era para disminuir todo lo que pudiera sus shocks de la guerra.
Las termas se extendían a mucho más que dos piscinas muy grandes, también disponía de una amplia sección de fisioterapia e innumerables doctores y enfermeras. La gran mayoría de gente que estaba allí también venían de las trincheras, o en su defecto, ancianos adinerados.
Evidentemente, no había mucha gente.No era un lugar al que pudiera acceder cualquiera, y era una de las razones por las cuales había sido reticente a ir.
Las cosas empezaron a torcerse un poco cuando le adjudicaron un doctor y una enfermera de guardia. Al principio, pensó que era un detalle y que le ayudaría a mejorar...pero poco apreciaba menos la compañía constante de dicha enfermera.
Un día, entró en su cuatro mientras miraba su uniforme, con un par de conmemoraciones que pretendía ponerse en su camisa.
Era una joven bastante bajita, de ojos verdes y pecas, con media melena oscura. Vestía un traje veige, con cofia y el famoso carmín que parecía haberse puesto de moda entre las mujeres de ese lugar.Realmente le quedaba mucho mejor a la recepcionista.
Se acercó hasta él, posando la mano en sus conmemoraciones que ya estaban en la camisa, y con una sonrisa le dijo:
-Es hora de dejar atrás el pasado, Von Hammersmark.
Retrocedió un paso. Nunca había permitido que nadie tocara algo tan sagrado como cada una de esas medallas. Dejó ir una mirada furtiva, y no dijo nada.
Los días pasaban, y cada vez sentía un tedio más mayúscula hacia esa mujer. Su etiqueta bordada en la solapa de la camisa ponía' Srta. A. Bell' pero ella dejó muy claro que prefería que se le dijera por su nombre de pila, Anastasia.
A pesar de ello, él seguía dirigiéndose a ella como Srta Bell, cosa que, aunque intentaba disimularlo, le sacaba de quicio.
Un atardecer, mientras la Srta Bell estaba de descanso, el chico decidió ir a dar otra vuelta, de nuevo en la gruta. Hacía un clima suave e ideal, y se sentía despejado pudiendo disfrutar de un rato a solas, en calma.
En el mes que llevaba allí, pocas veces se sentía totalmente relajado por aquella enfermera, que más que ayudarle le hacía incrementar los desastres de sus experiencias; Le había escondido el uniforme, las conmemoraciones y algunas fotos de los amigos caídos, y las cartas que enviaba a sus padres parecía que nunca llegaban a casa...todo lo hacía sentirse tremendamente solo.
Escuchó unos pasos y contuvo la respiración, aún mirando por la misma ventana de la gruta. Se temía lo peor.
-¿Sr. Hammersmark?- el susurro hizo que dejara ir todo el aire de golpe; era la recepcionista.
Le saludó con la primera sonrisa que había podido esbozar en toda su estancia en ese lugar.
-¿Puedo pasar?- dijo aún más bajito.
-Claro-dijo, rezando para que la srta. Bell no los encontrara a solas.
Se aproximó rápidamente, sujetando su puño cerrado encima de su mano.
Él frunció el ceño y abrió la palma de la mano, ella le cerró la mano y antes de irse, le dijo:
-Pensé que le gustaría recuperarlo. Guárdelo bien.
Cuando estuvo de nuevo a solas, abrió su mano; eran las conmemoraciones.
Continuará...
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