Tiempo de mil tiempos hace de la historia que os voy a contar, tanto tiempo que los lugares yacen enterrados en sendas montañas de escarcha.
Hubo en su momento un castillo modesto en un valle de mil lagunas plateadas y cien balcones de tierras y hiedras; allí era donde vivía la princesa con medio corazón.
No siempre fue así: La niña había nacido en el seno de una familia imperial pero de aire humilde, en comparación con los grandes reinos del norte, pero a pesar de ello disfrutaban de una vida acomodada en un paisaje rural.
La niña creció fuerte: recorría dichos balcones de hiedras con asombrosa maestría, cazaba los peces alados de los estanques, pero los liberaba a otros lagos de plata, en un curioso juego.
Un día, cogió un pez que jamás había visto antes de uno de las lagunas más hundidas en el valle: Era un pez alado, que también tenía pico. Le recordaba a esos animales que jamás habían visto en sus tierras y de los que hablaban los libros del norte: Pájaros.
Pero, por lo que sabía, los pájaros surcaban el aire, no el agua. Su sorpresa fue tal que decidió traerlo a palacio, y allí le construyeron la más magnífica de las peceras, con forma abovedada y decorada con mil perlas de río, encajadas con filigranas de hilo de oro.
El pez-pájaro tenía toda una habitación para él solo, y cada día la princesa iba a visitarlo.
El tiempo pasaba, y la princesa veía en pez-pájaro algo más delicado, pero no quería devolverlo a sus aguas porque sentiría inmensa pena de perderlo.
Acariciaba el frío cristal, viendo sus alas moverse cada vez más lentamente, y se preguntó si algún día mejoraría.
Una noche, al despertarse, vio un reguero de estrellas azules lamer el suelo de su habitación, en dirección a la sala del pez-pájaro. Sin dudarlo ni un segundo, se levantó de la cama y corrió a ver su querida mascota.
El pez-pájaro estaba mirándola fijamente, cuando llegó. Se sorprendió al escucharle hablar en el idioma de las olas:
-Niña, devuélveme a las aguas libres.
-¡No, no quiero perderte!- respondió, terca.
-Niña, devuélveme a las aguas plateadas.
-¡No, quédate conmigo!-siguió.
-Niña, si quieres que me quede, tendrás que pagar un tributo.
-¡Haré lo que sea!.
El pez-pájaro tocó el cristal, extendiendo sus finas garras, y la niña apoyó su mano, también.
Una luz tenue y blanquecina empezó a emanar de dicho contacto, y sintió un punzante dolor en el corazón.
-Niña, terca de naturaleza, para que pueda vivir necesito la mitad de tu corazón humano, si me quieres apresado en esta jaula de oro y piedras. No podrás volver a hundir tus manos en los ríos de plata, ni sentir la fresca brisa del valle; ¿Estás segura de querer retenerme? Porque te retienes a ti misma en una gran jaula a la misma vez.
-¡Quédate para siempre!- siguió.
Sintió como su fuerza se debilitaba, poco a poco, mientras unos hilos de seda rojos salían rápidamente de su corazón a su mano, y de su mano al animal que crecía de tamaño.
Su pelo se volvió de ceniza, igual que su piel rosada se tornó más bien blanca, sus ropas perdieron todo su color, y sus uñas se hicieron finas y alargadas, como diez agujas de tejer.
A partir de ese día, la niña fue creciendo hacia chica, pero tubo que quedarse postrada en una complicada silla de ruedas, la cual tenía cuatro de ellas, exquisitamente elaborada, a pesar de su triste cometido.
Cada cosa que tocaba la chica se volvía gris, sin color; y fue así como su humilde castillo empezó a volverse tan gris como ella...
Continuará.
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