THE DRAGON'S HEART
15-03-14/27-06-14Ut desint vires, tamen est laudanda voluntas.
Para Sara.
Hace siglos, cuando el viento aún tenía voz en vez de susurros, existía un imperio en un remoto lugar, dominado por un dragón gigantesco y plateado, el cual vivía en una hermosa torre centenaria, de tan difícil acceso que solo dicha bestia podía alcanzar su parte más alta.
El dragón era muy poderoso, tanto que era temido por gran parte del pueblo, y este, al sentirse apartado, también se adentró más en su gran torre, evitado salir a volar, a excepción de las noches de Luna llena, en las que se sentía verdaderamente libre, surcando los cielos sin límites ni ataduras.
Pero, en esas noches, debía tener mucho cuidado de no rozar con sus colosales alas la luz de dicho astro, porque de lo contrario, se volvería humana y caería en picado en la tierra.
Para mala fortuna, aquella noche sucedió exactamente lo que explico; iba el dragón volando entre nubes de tormenta cuando, a tanta velocidad, se desvió un poco y salió a flote del cielo desnudo.
Los rayos acariciaron sus escamas, y empezó a transformarse en humana...sus cabellos, largos y castaños, se enredaban sin cesar con la velocidad del viento, y su piel quedó desnuda ante el mundo,tan extraño que le parecía ahora.
Cayó. Metros y metros de caída, en los cuales solo pidió con todas sus fuerzas que algo la protegiera del dolor que iba a sentir, y era tan grande el miedo que tenía, que sus ojos se volvieron tan grises como sus antiguas escamas.
Terminó en un pequeño lago, rodeado de un tímido bosque. El agua congeló sus pensamientos, a pesar de que lloró, sin saber exactamente la razón.
Se quedó de piedra cuando vió una pescadora tejiendo unas redes al lado del mismo rio, aunque parecía no haber visto como llegaba a dicho lugar, pero al desviar su mirada, la muchacha la vió y dejó a parte la red.
-Parece que ha perdido sus ropas-afirmó, mientras la chica-dragón se escondía entre las aguas- No temáis; usad mis redes como atuendo, puedo tejer más, si buscáis cobijo, a cien pasos encontraréis una choza dónde vive una anciana, y con un poco de suerte, os dejará pasar allí la noche.
La muchacha le alcanzó las redes, y la chica dragón se las enredó por el cuerpo, quedando un extraño vestido de varias capas. Era un tejido extraño, casi parecía de plata.
Siguió el camino que le había indicado, y en muy poco tiempo encontró una choza, bastante humilde, de madera y piedra.
Llamó tres veces, mientras sus ojos grisáceos analizaban con desdén la Luna. Odiaba ser humana.
Una anciana le abrió la puerta, con una actitud suficiente extraña como para que llegara a sospechar que la estaba esperando.
-Pasa, pasa-dijo con su gastada voz, a pesar de que sonaba entrañable.
La mujer vestía un complicado vestido tejido con ramas, hilos de seda y distintos algodones a modo de chal, dándole un volumen exagerado a su espalda, que parecía fundirse con su cuello; resaltaba en este un colgante de Ópalo con tres rallas centradas.
-¿Te has perdido o la Luna te ha herido?-casi a modo de acertijo, la anciana se sentó al lado del fuego, mientras con su mirada le indicaba que se sentara a su lado.
-La Luna me ha herido- Respondió la chica-dragón, con sus primeras palabras humanas.
-¿Y quieres curarte?-siguió la anciana, dejando largos silencios entre el crepitar del fuego.
-No hay nada que desee más- dijo con cierta impaciencia. Necesitaba su torre temprano, sus escamas, todo aquello que realmente era.
-Ves por aquella puerta, y encontrarás en el centro del jardín un bebedero de mármol para los pájaros: da tres vueltas y luego, centra tu mirada en el reflejo. Allí encontrarás la cura- sentenció.
La chica-dragón se levantó ansiosamente, cruzó la puerta y hizo lo que le habían dicho,
al centrar su mirada grisácea en el reflejo, vio que la Luna adoptaba una tez muy neutra, con los ojos tan blancas como su piel, y le hablaba en la lengua de las aguas:
-Observa, dragón, observa en tu reflejo la maldición: aún brilla y en nada rompe el alba, y te han dado tanto los rayos que, si no regresas a tu hogar, no volverás a tener alas-.
-Pero, ¡Necesito volver!¡Estoy muy lejos de casa!- se quejó la chica-dragón, con la voz rota.
-Entonces haremos un pacto. Te daré las alas para cruzar el cielo, a pesar de que la Luna te bañe en plata; si llegas antes de que rompa el alba, serás de nuevo dragón...pero, si no llegas, volverás a ser humana y me quedaré con tu corazón.
Sin pensarlo dos veces, la chica-dragón aceptó la propuesta, y el agua acarició su espalda y dejó emanar sus escamadas alas...era tan feliz, estaba tan pletórica que alzó el vuelo sin dudarlo ni un instante.
Surcó las nubes, jugó en espirales en el infinito cielo oscuro, y ya casi podía ver su preciada torre en el horizonte, cuando,de repente, las primeras luces del alba rozaron sus cabellos.
Dejó ir un profundo llanto de dolor, mientras veía como sus alas se iban desintegrando, hasta que se cayó al suelo mismo de la entrada de la centenaria torre.
Había llovido, el suelo estaba húmedo, y del reflejo salieron dos manos, que se posaron en su pecho y le quitaron lo prometido: el corazón de dragón.
Allí quedó, con los ojos fijos entre los árboles que le cubrían aquél terrible e intenso sol que le martilleó los ojos...pero, como consuelo, las hojas de dichos árboles le lloraron unas gotas de rosada, que cayeron en sus ojos y los volvieron de un profundo verde.
II
Lágrimas de fuego.Era un mundo extraño y desagradable.
Es lo poco que la chica-dragón podría describir de cuánto la rodeaba.
Con una rapidez asombrosa se olvidó de como era la sensación de surcar los cielos con sus poderosas alas, de dormir en su preciada torre centenaria, con aquél olor a lluvia y el musgo conquistando sus paredes.
No sabía nada.
Se levantó costosamente, le dolían todos los huesos, y su existencia le parecía un martirio...si sólo fuera tan fácil como viajar el el tiempo y evitar volar durante aquella maldita noche...
Miró con sus nuevos iris el humilde pueblo que se habría debajo de sus pies; un par de casuchas, un alfarero y varias tiendas de mercaderes que se creían los reyes sólo por haber visto más de dos países en sus vidas...
Realmente nada de lo que veía la complacía en aquél momento, hasta que se fijó en una casa, ya que era absolutamente negra, hecha de un extraño hielo, y que no parecía concordar con nada más del lugar.
Sin dudarlo dos veces, se levantó y marchó rápidamente, esperando no ser vista por todo el gentío del pueblo- No entendía como era posible que en un lugar tan pequeño viviera tantísima gente-.
Llegó a la puerta, y dudó en si llamar o no. Estaba cansada y no se veía capaz de luchar si sucedía algo malo, pero tampoco tenía la fuerza para aguantar aquellos rayos que tan atormentada la tenían, así que, finalmente, optó por adentrarse a lo desconocido.
Era un lugar muy humilde, densamente oscuro-cosa que le hizo recordar de su torre- con una simple esfera en el centro, de cuarzo, la cual estaba envuelta en doscientos manteles de terciopelos que creaban una densa cascada central...su majestuosidad hizo que le llamara mucho la atención, así que se acercó a ver que sucedía.
Un susurro le atravesó la mente:
'D'entretoteslesencantades,laquemenysesperava'
'Delesquemenysesperava,elmalentranyava'
'Vensambmaldellunaferida'
'Iunacicatriuencomptesdecor'
La chica-dragón siguió avanzando, hasta llegar a la bola de cuarzo, que emitió un suave destello.
Su mano se abrió a una distancia prudencial, y por un momento se la volvió a ver escamadas y con sus oscuras y afiladas garras.
Después, cuando la apartó, volvió a ser humana...como su amarga existencia.
Dejó caer una sola lágrima, que le ardió como el fuego, que al caer sobre el cuarzo lo hizo quebrar en mil pedazos que quedaron escampados por toda la sala.
Encontró en su lugar original un pequeño pergamino, muy cuidadosamente envuelto y sellado, el que decía:
'A quién fue dragón y sigue siendo, a pesar de su nueva condición;
nada es lo que parece y todo parece lo que no es;
hay un sendero largo en el norte,
y del norte se acercan quienes cazan la sangre real de los puros;'
Se quedó pensativa, mientras entendía que ningún sitio en esas tierras le auguraba un buen futuro, o eso creía.
III
El sabio
Sin demasiado entusiasmo, la chica-dragón empezó una costosa travesía por el norte; a duras penas había explorado jamás aquellas tierras, y, ahora más que nunca, sentía su camino solitario y algo costoso.
Tampoco pretendía buscar compañía, pero tenía la sensación de haber perdido algo por el camino...
recordó otra vez el cuarzo esparcido en añicos por toda aquella habitación.
El paisaje era más bien austero; montañas blancas y un camino-el que seguía- de piedras gruesas que intentaba ser una especie de pavimento.
Cada vez tenía más y más frío, y cada vez más extrañaba su maldita torre centenaria, sus escamas, su vida de verdad que parecía que no pudiera volver a recuperar.
Chasqueó la lengua en señal de desaprobación, en un cúmulo de pensamientos negativos que no podía sacarse de la cabeza, y siguió andando todo el valle.
Recordó la profecía, tan extraña que tampoco le ayudaba parcialmente en nada, y aún le entró más pánico al sentir que sus pies empezaban a helarse poco a poco...
-Chica- escuchó de repente, y dió una vuelta completa con su mirada, extrañada, porque todo era blanco.
Se quedó unos minutos inmóbil, pensando que su imaginación le gastaba una broma pesada.
-Sí,sí, tú!-escuchó venir de un árbol petrificado a unos metros, uno de tantos alrededor del camino.
Con mucha cautela, y temblando por el acentuado frío, se acercó a dicho árbol, que parecía milenario...quizás en su momento fue un roble o algo parecido, se dijo pensativa.
La chica-dragón afinó la mirada y vió la cara de un señor de una notoria edad,con una expresión severa.
-Pero...que...?-se dijo, en voz alta.
-Chica. Quédate.-ordenó el hombre, casi en un tono suplicante- hace tiempo que estoy atrapado en este árbol por un hechizo, y nadie puede sacarme porque nadie viene aquí-.
La chica-dragón seguía mirándolo, absolutamente perpleja. Realmente no sabía si ignorarlo o no, pero algo en su tez le recordaba a su hogar, una especie de nostalgia apagada en su corazón.
-¿Cómo te ayudo?-le dijo, insegura.
-Simplemente sácame- dijo con terquedad el hombre.
-¿Cómo?-volvió a decir ella.
Realmente parecía una conversación de besugos. Podía sentir su cara encenderse.
-Acaricia mis párpados con tus yemas y podré abrir los ojos, tira de mi cara y saldré entero-le ordenó.
La chica dragón hizo el primer paso, insegura; los ojos se abrieron poco a poco, y en vez de iris humanos, tenia iris de piedra Lapislazuli. Después, sacó al señor entero hacia la nieve, y cayó en ella como si hiciera años que no caminara.
Se quedó perpleja, sin entender que estaba pasando o como actuar.
El hombre se levantó poco a poco: iba vestido con un curioso traje que recordaba a la túnica de un druida, pero más corta, debajo usaba pantalones con tres cinturones y unas botas muy resistentes. También llevaba una capa larga, de piel de oso negro.
-Te lo agradezco, chica.-Dijo, mirándola unos instantes- aunque veo que fuiste algo más que una chica no hace tanto-reflexionó en voz alta- si quieres, puedo acompañarte a lo que buscas, aunque el camino es largo y difícil-.
Era un hombre curioso. Realmente no tenía nada que perder, y quizás ese señor se conocía los senderos del norte mejor que ella, cosa que tampoco era demasiado difícil.
-Ah, por cierto-siguió él- gracias por ayudarme, toma esto como regalo-el hombre se desabrochó la capa i la enredó en el cuello de la chica. Era pesada, pero sintió que el calor volvía a ella.
IV
Los siete cuervos y la tumba de acero.
Se hizo de noche en aquél infierno blanco.
La chica-dragón arrastraba la capa con las pocas fuerzas que le quedaban, mientras el hombre seguía unos pasos más hacia delante.
Le había estudiado durante gran parte del trayecto, puesto que no tenía mucho más con lo que distraerse, y por lo poco de su indumentaria adivinó que uno de sus cinturones era de la casta de mercaderes de unos ríos que una vez surcó con sus escamosas alas, y poco más, aunque él era un buen hablador y le había contado sobre diversas anécdotas que recalcaban el hecho de que a parte de mercader había sido guarda real de varios nobles y reyes.
-¿Y quién te hechizó?- aventuró la chica, cuando se adentraban a un espeso bosque congelado.
El hombre se paró en seco, y por un instante, sus ojos de Lapislazuli brillaron de una manera centelleante, como si la Luna parpadeara en ellos.
-Nunca vuelvas a preguntarme eso-respondió secamente, y cambió de tema- esta noche dormiremos en este bosque. No es muy agradable, pero mientras no bebas de la salvia de los árboles, todo irá bien, con un poco de suerte podremos hacer fuego de hielo.-Siguió mientras cogía un par de estalactitas de hielo que colgaban por doquier en todos los árboles, después trazó un círculo y las situó dentro, mientras empezaban a dar chispas con un brillo azulado.
La chica-dragón lo observó inquietada, mientras su sangre de lava se encendía lentamente en su corazón.
Se tumbó muy cerca, observando cada llama azulada mientras el sueño iba pesando suavemente sobre su cabeza, y empezó a narrarle una historia...
Todo era gris.
La chica dragón estaba frente una puerta tapiada.
Era un edificio grande y alargado, construido en ladrillo y de una época que no podía determinar, porque no formaba parte del mundo original del que procedía.
En su mano derecha sintió el tacto de papel viejo, y fijó la mirada a lo que sostenía:
Una fotografía del mismo edificio-reculó unos pasos para verificarlo- con unas palabras en un lado que habían sido emborronadas:
S-pe-it S-nt
Susurró en un eco adormido lo poco que entendió, entre las nieblas de aquél sueño extraño, tan real que se preguntaba si, en realidad, el auténtico mundo era ese y no aquél en el que era una chica-dragón.
Le interrumpió una extraña vibración en el suelo, como si aquellas tierras estuvieran vivas.
Ven.
Ven dentro de mí, entre las brechas del edificio,
te llamo en lo más profundo de esta jaula oxidada,
entre las paredes oscuras y enfermas,
en la más densa humedad,
en la sangre que corre por tus venas y
en los ojos que te aguardan.
Ven.
Queremos tus escamas,
queremos tu fuego,
queremos ser quien ya no podemos,
porque ya no respiramos
y jamas existiremos.
Aquél susurro venía de una extraña brisa cálida que parecía emanar de algunas brechas del edificio, el cual empezaba a despertar en ella una profunda curiosidad más allá de lo sano.
Toda aquella esencia se vió realzada por el graznido de un cuervo, que salió de la nada y se posó en su hombro.
-Yo te ayudaré-dijo en una profunda voz de hombre.
.
.
.
-¡DESPIERTA!- gritó el sabio, arrancando a la chica-dragón de su profundo sueño, y rápidamente entendió porqué: el fuego azul se había expandido a causa de su fuego interior, y las lenguas eran tan largas que la estaban rodeando.
Como si hubiera salido del mismo sueño, un cuervo negro como la misma noche dió dos vueltas alrededor del fuego, que disminuyó considerablemente, y se posó en su hombro, fundiéndose con su piel, que lloró una lágrima de tinta negra.
El sabio recitó unos versos indescifrables, mientras posaba su mano en el hombro de la chica dragón para sellar algo que ella aún no entendía.
V
Se hizo de día, y todos los extraños sucesos de la anterior noche fueron evaporándose con la luz del sol, del que no estaba muy feliz la chica-dragón.
Le dolían mucho los ojos, y tenía los labios resecos; se dió cuenta del tiempo que hacía que no bebía nada, a pesar de estar rodeada de hielo que podría derretir.
El sabio se la miró con distancia, preocupado.
Ella miraba los árboles de profundas cortezas, casi petrificadas de tantas capas de hielo que tenían...era como si pudiera ver sus venas a través de las capas, y era muy tentador.
El denso bosque de árboles helados le parecía un suculento banquete de vida, de energía, que era justamente de lo que ella empezaba a flaquear.
Estaba harta de escuchar las batallitas del sabio, y estaba agotada de andar, del sol y del estúpido paisaje blanco...quería sus alas: sentia su abrasante naturaleza palpitar en lo más profundo de su humano corazón, y era tan poderoso y ardiente que le costaba incluso respirar.
-Chica...tus ojos se están tiñendo de rojo-susurró el sabio, incapaz de decir nada más elocuente- deberías tomar reposo...-
-¡CÁLLATE!- rugió colérica, sintiendo una llameante pasión que corría por todas las venas de su cuerpo.Dejó caer la pesada capa negra, y se aferró a uno de los árboles, clavando sus colmillos en lo más profundo de su corteza, sin ninguna clase de pudor.
Su sorpresa fue mayúscula cuando sintió un gusto metálico y muy familiar que le transportó a alguna de sus bélicas noches: aquellos árboles tenían salvia de sangre.
Dejó ir un gemido de placer, mientras sus uñas arañaban gran parte del tronco, con una ansia descontrolada.
-¡Chica, te advertí que no bebieras de la salvia!-dijo desesperado el hombre, intentando apartarla de dicho árbol.
-¡APARTA!-gritó, con una voz gutural y salvaje, separándose del árbol, y manchándose de sangre, hizo caer al sabio contra el suelo de nieve- NO PUEDES MANDARME-reiteró, mientras el fondo de sus ojos se volvía rojo-.
El sabio tragó saliva.
-Escúchame...-intentó, por segunda vez.
-¿QUIÉN TE HAS CREÍDO QUE ERES?-la chica-dragón estaba fuera de si, sentía un profundo mareo porque la salvia se le subía a la cabeza, y a duras penas podía sostenerse en pié.
-Es un bosque sagrado. La salvia que has bebido es ancestral y, evidentemente, no podías beberla. Te lo advertí. Si no la sacas de tu cuerpo, te envenenará y morirás. Morir no te devolverá a tu forma original-el hombre lo dijo con toda la calma y dulzura que pudo.
La chica dió un paso hacia atrás, mientras se tapaba la boca. Empezaba a sentir unas náuseas muy extrañas, mientras todo se iba haciendo más y más oscuro...
Segundo sueño: Corvus II
Era un campo de nieblas.
Todo era confuso, y en una densa escala de grises, que colapsaba una atmósfera muy calurosa, casi irrespirable.
La chica-dragón empezó a ahogarse poco a poco, mientras veía como las venas de sus manos se teñían de color negro. Tosió con estruendo, mientras se encogía en sí misma, y con la poca fuerza que le quedaba, arrancó un fragmento de su camisa y dejó al descubierto el fragmento donde estaba el primer cuervo, pero no estaba la marca, para su gran horror.
Siguió andando, entre la violenta tos y la dificultad que le daba tanto bochorno, por un sendero desértico.
Llegó, finalmente, a los pies de un gran edificio que debía tener como mínimo tres plantas, mucho más austero que el anterior, parecía una especie de sanatorio.
Un calfrío le recorrió todo el cuerpo, pero no dudó en entrar por una puerta doble, que daba a un pasillo principal.
Cayó en el frío suelo, exhausta, mientras sentía los susurros y una grave vibración del suelo:
Ven, ven con nosotras,
ya no tienes fuerza,
el veneno corre por tus venas.
Ven, ven dentro de la jaula de metal,
curaremos de lo que no te puedes librar,
pero necesitamos el tributo final...
Las voces eran tentadoras, y se arrastró penosamente por el suelo, escupiendo un gran reguero negro, hasta que sacó, de una forma inexplicable, el primer cuervo por la boca.
Vió como el pájaro se alejaba, y le daban ganas de llorar con amargura, puesto que necesitaba de su ayuda.
Siguió arrastrándose, con jadeos guturales, como una bestia herida, por mil pasillos que jamás había visto antes...¿o sí?
'Esto es un sueño dentro de un sueño' se dijo para sus adentros, mientras se intentaba levantar con las pocas fuerzas que le quedaban.
Estaba en una sala llena de bañeras, con un amplio espejo en el fondo, donde vió su penoso reflejo humano.
Ven, ven.
Ven a nuestro mundo,
despierta,
no sigas a los cuervos.
La chica dragón avanzó por la sala, hasta llegar en el centro exacto...si solo pudiera...darse un baño...
para su sorpresa, una fría brisa acompañó una tenue sensación de alivio: de la nada, empezaba a emanar agua del suelo, salada, de mar.
Con rapidez cubrió hasta la mitad de su cuerpo, y todo lo que le rodeaba se volvió nada más que un largo confuso de bañeras y agua, mezclado con aquella espesa niebla.
Un cuervo salió de su pecho, como si emergiera de una brecha escondida:
-Yo te ayudaré- repitió, mientras volaba junto al primero y se alejaban hacia un extraño horizonte que no podría vislumbrar.
.
.
.
-¡DESPIERTA!-dijo el sabio, con un tono más que preocupado.
Abrió los ojos y se vió hundida en un hoyo que había cavado el sabio, que daba a un río subterráneo.
Devolvió varias oleadas de sangre, mientras observó sus venas más rojas de lo que jamás se las había visto a un humano, como un tatuaje rojo.
Decidió hundirse en las aguas, aunque antes dejó toda su pesada ropa en la superficie, junto al hombre.
VI
Harpía de agua.
El paraíso, ahora mismo, debía ser aquella agua cristalina que acariciaba todo su cuerpo marcado de venas rojas.
El dolor arremetía conforme se iba hundiendo en aquél río subterráneo, de una profundidad desconocida, que parecía estar iluminado por piedras encastadas en la tierra de sus amplias paredes.
Sintió la caricia de unas plumas que rozaban su brazo, y abrió sus ojos; le sorprendió ser capaz de ver perfectamente, y más sorprendida se quedó cuando vió una especie de chica medio pájaro medio humana: sus brazos terminaban en unas extrañas alas que parecían de ópalo, y sus piernas también tenían fragmentos emplumados, a pesar de tener pies humanos.
La chica se le aproximó con agilidad, mientras abría sus grandes ojos azules y posaba sus labios contra los suyos.
Sintió una extraña presión por todas sus venas, y quiso desaferrarse, pero la chica la agarró con fuerza de los hombros, hasta que,pasados unos largos minutos, se separó de ella con fuerza.
Vió entonces como al apartarse, la harpía había arrancado todo el trazo de venas rojas, y todo el veneno que debía acarrear del árbol y su maldita sabia.
Déjame venir contigo, le habló en la voz del río.
La chica-dragón volvió a la superficie, y detrás de ella vino aquella extraña criatura.
El sabio la ayudó a salir, y le dió rápidamente sus ropas.
-Hay una especie de...chica...allí dentro-dijo, insegura-quiere venir.
-Debe ser una de las que custodia el bosque. Quizás nos iría bien para seguir avanzando a través de el-sentenció el sabio.
La harpía salió de sus aguas, y al pisar el suelo se convirtió totalmente en humana, lo único que advertía de su naturaleza eran aquellos centelleantes ojos azules, que se aclararon tanto que parecían ópalo tallado.
El sabio se le aproximó:
-¿Cuál es tu nombre?- no podía apartar sus ojos de los de ella.
-Soy Circe- dijo con una voz distorsionada- os quiero llevar hasta el final del bosque-se explicó:- hay quién no os quiere aquí, y esa chica está en peligro-.
-Entonces, vayamos- sentenció el hombre, mientras los tres partían de nuevo.
VII
El final del bosque
Avanzaron con agilidad.
La chica-dragón estaba harta de la nieve, del frío y sobretodo de los árboles: le costaba mucho retener su sed se salvia, a pesar de haber probado el resultado de su deseo.
De tanto en tanto observaba a Circe humana, y se preguntaba cuántos siglos debía hacer que guardaba aquél bosque. El sabio y ella se habían hecho muy buenos amigos, o mejor dicho, el sabio atormentaba a aquella criatura con mil historias más.
En verdad agradecía poder descansar un poco los oídos de tanto relato, a pesar de que era un buen hombre, a veces atormentaba.
-Estoy harta- declaró la chica dragón, parándose en una zona algo despejada de árboles; su corazón latía con fuerza, y sus ojos le dolían de tanta blanca nieve y del cielo gris que no parecía terminar, y sus labios, resecos, pedían salvia. O sangre. O las dos cosas a la vez.
Circe avanzó unos pasos, alzando una de sus manos al aire, con la delicadeza de las aguas de donde provenía.
Su voz se escuchó distorsionada:
-Calma, no saques las espinas, Rosa Escamada- parecía trazar un conjuro, porque observó como las plumas de ópalo sobresalían de su piel, pero lo causaban daño.
El sabio también se aproximó, con más preocupación que en los últimos días, incluso podría describir su espíritu como agotado.
-Chica, ten paciencia; casi estamos en la frontera. Sé fuerte-le suplicó.
Ella dejó ir un bufido de frustración, incapaz de mantener la calma, mientras dos círculos de fuego empezaban a rodear su cuerpo humano, a gran velocidad, y el blanco de sus ojos empezó a volverse rojo.
-Estoy harta de este cuerpo, harta de este bosque, harta de todo. Quiero volver a mi auténtico yo, necesito sentir otra vez el viento contra mis alas, la libertad que ni siquiera sé quién me ha arrebatado!- rugió, mientras dejaba caer una sola lágrima de sangre.
Era tal su enfado que empezó a marease, mientras los dos círculos de fuego se extinguían con la misma facilidad que habían aparecido.
Cayó otra vez contra el suelo, exhausta.
Tercer sueño: Corvus III
Ven,ven.
Te daré todo lo que desees,
pero ven a mi jaula de hierro.
Le costaba abrir los ojos, pero sintió que estaba tumbada contra el suelo helado de mármol, y el agua sonaba de nuevo a lo lejos.
Le dolía todo, y el odio siguió creciendo en su corazón; estaba muy cansada, y lo único que deseaba en este o aquél mundo era descansar de una vez.
Con un gran esfuerzo, consiguió abrir los párpados, y se encontró en el mismo lugar que su otro sueño; la sala llena de bañeras, inundada por agua. Ella estaba dentro de una de esas bañeras, vestida completamente de negro a excepción de un collar rojo.
- Dejadme- sollozó, aferrándose a los márgenes de la bañera donde estaba- todos- susurró, mientras se deslizaba de nuevo, haciéndose un ovillo.
Lloró. Lloró tanto junto a su dolor, que las lágrimas empezaron a teñirse de rojo, y cada vez le costaba más parar aquél sentimiento de desamparo, su corazón se quebrantaba en mil pedazos y era incapaz de recomponerse.
Se escuchó el graznido de los dos primeros cuervos, que estaban asomados a su bañera.
Parpadeó, y se encontró en la bañera de un servicio que le parecía familiar y a la vez no, mientras una luz roja teñía toda la sala.
-¿Qué...?-se preguntó en voz alta, mientras se daba cuenta de que ahora le cubría un agua rojiza, que parecía toda de sus lágrimas.
Los dos cuervos cantaron a la vez:
No temas, te ayudaremos
Espera el momento.
-PERO YO QUIERO QUE ME AYUDÉIS AHORA- gritó con un rugido que explosionó todo el cuarto, mientras unas extremas arcadas invadían su garganta.
Un tercer cuervo emergió de entre las aguas carmesíes, esta vez parecía muerto.
Se despertó con lágrimas en los ojos. Seguía en el suelo, y observó a sus dos acompañantes en la misma distancia, con los ojos cerrados y las manos unidas, susurrando una especie de rezos que no podía comprender, pero que se materializaron en forma de unas delgadas cintas alrededor de sus muñecas, algo que, de haber sido dragón, hubiera destruido en menos de un segundo.
-¿Que es esto?-dijo, levantándose costosamente.
-El bosque te está exprimiendo la energía- dijo el sabio, mientras volvía a abrir los ojos.
Circe se aproximó a ella, mientras seguía rezando.
La chica dragón levanto la mano, aún enfadada, y replicó con otras palabras que ni siquiera sabía de su efecto:
-ARDE-
Los círculos de fuego volvieron a aparecer, y acariciaron la delicada piel de Circe, que no pudo dar un paso atrás: a pesar de las heridas, siguió avanzando hasta llegar a ella, mientras volvía a su forma original, a la vez que sus alas iban creciendo y creciendo, hasta volverse tan largas que podía rozar los árboles más cercanos a aquella planicie.
Llegó a la chica dragón, terminando la larga frase empezada, no pudo resistir las heridas y se derritió con la nieve, fundiéndose hasta el río subterráneo, y volviendo a su relajado descanso.
Hubo un gran silencio, mientras los aros de fuego volvían a desaparecer, y ella y el sabio se miraban con gravedad.
VIII
El recuerdo olvidado
La mirada pareció durar eternamente, hasta que volvió a caer contra el suelo, agotada.
El sabio avanzó sin miedo alguno, callado.
-Llévame lejos de aquí-susurro la chica dragón- llévame donde la nieve no lo sea todo- se le rompió la voz, y decidió callar.
Para su sorpresa, el sabio la cogió en brazos y siguió andando durante mucho, mucho rato: cruzaron valles, más bosque, hasta que cayó de nuevo en un sueño calmado, de reposo, sin cuervos ni lugares curiosos, tampoco susurros o tormentos varios.
Despertó en un lecho bastante bueno, de sábanas pesadas de terciopelo negro.
Era un cuarto pequeño pero muy bien decorado, con todas las ventanas bien cerradas, los muebles eran de madera oscura y desprendían un dulce olor, a juego con la extraña madera santa que ardía en una chimenea encastada en la esquina.
En el centro de la sala, a unos pasos de dicha cama, había una especie de altar circular, coronado con un extraño cuenco de cristal.
Se levantó muy poco a poco, hasta llegar a ver su reflejo deformado en la superficie del agua que contenía el cuenco de cristal, y después entrevió que en el techo había una ventana que daba al cielo nocturno, y allí vió la Luna llena.
Se quedó sin respiración.
IX
La Luna
Durante todo aquél exhaustivo viaje, había olvidado realmente su pacto con la Luna.
Todo era tan borroso y extraño que tampoco sabía exactamente como llegar a ella, o que hacer...se había perdido en la propia búsqueda de la solución.
Acarició con las yemas de los dedos la superfície del cuenco de agua, viendo el pálido reflejo plateado, ensinismada en sus pensamientos y aspirando el fuego sagrado que perfumaba toda su habitación.
¿Había sido nunca un dragón?
Dejó sus ojos en blanco y un profundo escalofrío recorrió todo su cuerpo.
Quinto sueño: Corvus V
El aire era frío y afilado, tanto que le costaba respirar.
Estaba en la puerta de lo que parecía un lugar santo, de fachada blanca pero gastadapor el paso del tiempo.
Sin dudarlo mucho, entró:
era una pequeña capilla, atestada de polvo, que aún conservaba sus altares y santos.
La luz era ténue, y sus ojos se adecuaban bien a la semi penumbra;
acarició los bancos bancos de madera, mientras se aproximaba a curiosear el altar principal.
El graznido de los cuervos era distante, aunque aparecieron los cuatro que le habían acompañado durante el largo camino de todos aquellos sueños; aleteaban por encima de su cabeza.
No te preucupes,
te ayudaremos.
Le gustaba aquél lugar, aunque no supiera que significaba.
Alguien la llamó por su nombre, y del pecho de la figura del altar se hizo paso un extraño cuervo platedo, que se unió al vuelo de los otros.
[Proficere]
X
Las serpientes de rubí
Sus lágrimas eran un gran mar escarlata, y su melena se pegaba a cada movimiento.
Levantó la mirada hacia la pequeña ventana circular del techo, y alzando su mano, consiguió abrirla y colarse forzosamente a través de ella.
Y la Luna,
cantaba entre sus nubes azuladas,
trazando todo el camino en sus estrellas, burlaba la chica dragón.
Y ella, desnuda pero armada a la vez, cerraba los ojos y extendía sus brazos, como hubieran sido sus alas una vez,
Como siete cuervos,
como siete portales,
como siete ramas,
se arreló a la tierra y la tierra le devolvía
la fuerza que nunca recuperaba.
Y ella, sola en esta tierra maldita,
mientras el cielo susurraba sus alas,
¡Cuánto dolor por recuperarlas!
Los ríos de rojo se convertían en serpientes de rubí, que se colaban por entre los huecos del modesto tejado.
Vió el sabio en el patio, dónde había un bebedero, y se quedó asombrado de la silueta de la chica-dragón.
Otro largo silencio que coronaba la noche.
Y aquellos susurros.
Ven, ven,
porfavor,
vuelve.
Ven, ven,
me asfixio
en esta jaula oxiada
lo único que me queda es el olvido,
es andar dónde ya andamos,
donde no queda más que un recuerdo ambiguo...
Sus ojos se abrieron poco a poco, mientras las lágrimas se secaban; ya no había nada por lo que llorar.
Corvus VI.
Faltaba poco;
estaba escrito en el aire.
Estaba a punto de terminar aquél árduo viaje.
Veía una puerta de hierro, pesada y decorada con flores modernistas.
¿Es esto la realidad?
¿A que me enfrento?
A lo lejos, una torre afilada coronaba tres edificios que en su tiempo debieron ser suntuosos,protegidos por cien ángeles.
Ven.
Sintió un intenso escalofrío, mientras sus ojos se volvieron blanco:
los cuervos volaban libres, emergiendo de su cuerpo pero sin causarle ningún daño:
sus graznidos teñían el intenso silencio del lugar.
Un relámpago se unió a ellos, que pareció la señal de que la calma se terminaba.
Todos ellos empezaron a volar en una espiral, hasta convertirse en uno único, que volvió a fundirse con su piel
Falta poco- se dijo a sí misma, mientras volvía en sí y de nuevo mirara la Luna-
Falta poco para recuperar mi corazón de dragón.
XI
La tumba de acero
Su piel quemaba, con un intenso augurio marcado en sus venas.
¿Que es la piel sino la cáscara de un huevo?
-Nunca dejé de ser un dragón- dijo en voz alta, aunque parecía decírselo a sí misma, retando a la Luna mientras el Sabio intentaba decirle que bajara del tejado- Nunca he dejado de ser Dragón;
Nunca he dejado de tener alas.
Todo este tiempo, la Luna ha cegado mi camino, con su patética maldición...-dejó que el viento se levantara, con una melodía bélica.
A la Luna no le gustaron sus palabras, lo supo por el destello plateado de sus ojos.
-Un corazón por un corazón- Finalizó la chica dragón, mientras su fuego interno hacía temblar todo a su alrededor: las tejas se despegaron del tejado, los árboles temblaban y el sabio intentaba aferrarse a cualquier cosa por no caer.
Corvus VII
Ven. Ven.
La canción que sonaba en los ecos de su consciencia era poderosa, y despertaba todo lo que no había encontrado en todo ese camino.
Se vió en un colosal edificio, una distorsión de los siete corvus, o sueños premonitorios.
Una mezcla de sanatorio, hospital, capilla e internado se alzaba majestuoso, lleno de hiedras y abandono: estaba en su paraíso.
Como si se lo conociera de siempre, la chica-dragón fué directa al corazón de tal extraña estructura:
Se deslizó en lo más profundo de las escaleras que conducían a mil subterráneos, tan oscuros que a duras penas podía ver dos pasos más allá de ella.
Pero llegó: La tumba de acero.
Era una gran sala circular, con la única luz que proporcionaba una vela encastada en una pared.
En el centro, una extraña estructura en forma de sarcófago medio humano medio dragón, mezclado con símbolos modernistas y sellado con doscientas cadenas de plata.
Se aproximó unos pasos, estudiando cada detalle de aquél complicado puzzle: podía sentir un extraño calor que desprendía entre las rendijas de sus formas; algo le llamaba de lo más profundo de aquella tumba.
Ven, ven.
Hazme despertar,
Libera me.
Vió una marca en forma de mano justo en el pecho de aquella extraña figura, y no dudó en posar la suya, que encajó perfectamente.
Acto seguido, sintió un punzante dolor que se convirtió en una herida, puesto que podía ver la sangre circular por las hendiduras de las diversas decoraciones.
Se escuchó un chirrido metálico, mientras doscientas tuercas parecían trabajar al unisono.
Los cuervos salieron de su cuerpo, posándose en distintos sectores de aquella tumba que se iba desmoronando.
En el centro empezó a aparecer una figura pálida, tan blanca que brillaba a pesar de la poca luz.
Su cabello era de plata, enredado en su piel y por su cara, y entre sus manos aferraba con gran fuerza algo plateado pero que no podía adivinar lo que era.
La chica dragón se aproximó, sin miedo, a aquella chica, y le apartó la melena de la cara: su sorpresa fue mayúscula al encontrarse su propio reflejo en albino: era idéntica a ella.
-...¿Quién?...¿Quien eres?-preguntó sin ser capaz de articular una pregunta mejor.
La chica abrió sus ojos, tan pálidos como el resto de su cuerpo, y habló en todos los susurros que había escuchado durante todos los corvus.
Somos.
Caímos juntas,
sangramos juntas,
has podido discernir los malévolos de mi,
y los cuervos te han llevado a tí misma;
Tu escencia de dragón,
tan poderosa y ancestral,
tan antigua a la vez que creías perdida,
a pesar de que siempre estuve aquí.
No pudo pronunciar ninguna palabra más; su esencia abrió las manos y le dejó ver lo que ocultaba: una daga de plata.
Muerte a la Luna.
XII
Muerte a la Luna
Volvió en si: el mundo tal y como lo conocía se había vuelto un auténtico caos, pero no le temía a nada.
Sintió en su mano la daga de plata, mientras que en su interior su esencia y su existencia empezaban a encajarse, a fundirse en un único ser.
-¡Mors ut Luna!-gritó, mientras daba un decidido salto hacia el bebedero de agua, que se convirtió en un inmenso lago: podía ver el reflejo gigante de aquella maldición.
Atravesó las aguas con su arma, y sintió un profundo alarido viniendo del cielo: del reflejo salió la Luna, con la forma de un inmenso lobo blanco, a pesar de que su cara seguía siendo la del satélite.
-¡Nunca volverás a tener corazón, dragón terco!- se escuchó en la lengua de la tormenta.
La chica dragón saltó encima de aquél monstruoso animal, sin ningun temor, hasta llegar a su pecho.
Algunas veces la hirió, pero siguió con su destino:
Con la daga trazó una herida perfecta, hasta encontrar el corazón: estaba formado de cientos de otros corazones que había maldito, lo que le había dado la inmortalidad celeste.
Lanzó con fuerza su arma, junto a toda su esperanza, y se clavó en el extraño centro de todos aquellos corazones, que empezaron a desparramarse kilómetros más abajo, mientras se escuchaba un infernal aullido de muerte en todo el mundo.
El último que cayó era de Turmalina negra, y se fundió en su pecho con gran rapidez.
La piel se escamó;y unas inmensas alas rasgaron toda su existencia humana, y era tal su fuerza que duplicaba en tamaño a lo que fuera la Luna.
Toda ella se volvió de gris plateada a un precioso y brillante negro, mientras escupía fuego contra su adversario.
Déjame volver al cielo, dragón
déjame volver como has vuelto tú a tu ser.
Con algo de piedad, el dragón se dió la vuelta mientras la Luna trepaba por su espalda, hasta llegar al cielo: estaba tan atemorida que se escondió en su velo, siendo Luna nueva, pero su último destello acarició al dragón, quien poco a poco volvió a ser humana.
Corvus 0
El alba rompió en aquél extraño cuarto, mientras se despertaba costosamente, con un cuervo tatuado en la parte superior de la espalda y un corazón de dragón en su pecho.
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