dissabte, 19 de juliol del 2014

La cruz de plata

Ardió mi memoria y el mundo, bosque en llamas; 
calcino despechos, traiciones, deslealtad.
Mentí y me mentiste, y me sentí caleidoscópico insecto;
polvo y alas rotas en el temblor de una partícula de nada.

¿Por qué si no te pertenezco, pienso en tí?, 
¿por qué si no habitamos multitudes me dejas solo?,
 ¿por qué si no te pertenezco, estás en mí?


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Intro.

Como un ciervo, saltaba entre los matorrales a toda prisa e intentaba esquivar los árboles, en una agilidad que siempre le caracterizó.
Escapaba, como siempre en su vida.
Cuando se giró, el cabello se le oscureció, y sus ojos castaños se convertieron en un azul cielo, violento en comparación con el cielo gris que teñía la luz, ténue e irregular.

Escapaba.

Me giré, cogiendo el arco con fuerza, mientras mi mirada seguía presa en ella.
La flecha dorada, afilada durante las horas que hacía que no podía dormir, brillaba ante toda la maleza que parecía gris, exepto por sus ojos, los míos y el dorado que la apuntaba.

Escapaba.

Pero no la perdía en ningún momento.

Luna.Piedra.Agua.

Después de tan poco, y a pesar de todo, era incapaz de disparar.


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La Cruz de Plata

 I

Mentira 

(Siete de espadas) 


Supe que seguía dándole vueltas. 
Yo sólo era una ave que se paseaba por su ventana, que siempre estaba medio abierta para que el frío de la lluvia pasara mientras dormía.
Y sé que soñaba mucho; mil conversaciones distintas, saltos temporales, abrazos, lágrimas y dulces en una mezcla extraña de sentimientos.
Podía ver en la madrugada como su cuerpo se recogía, cubriéndose entre las sábanas como si fueran unas alas de algodón.


Y cuando venía el sol, muy temprano, se levantaba con los primeros rallos y seguía la misma rutina: una larga ducha de agua, tan ardiente que su piel se volvía roja, pero su corazón ni siquiera respondía a tal estímulo.
A veces veía como se pasaba horas mirando la nada, deseando que sucediera algo que nunca empezaba: cancelando salidas, buscando excusas y negándose a entender que le sucedía por dentro.
Eso solo lo sabía yo; ella se entendía tan poco que le costaba respirar, y lo único que podía hacer era esquivar, evitar, huir de la gente. 
Deseaba y no deseaba estar sola; era contradictorio.
 Deseaba tanto un abrazo, un 'te entiendo' o algo parecido, que teñía las paredes de una tristeza sórdida.

La última  vez la ví acurrucada en su cama, y una lágrima cruzó su cara: ahora ni siquiera podía sacar la pena de su interior, porque se había vuelto tan pesado que era incapaz de arrancárselo.
Como una flecha, o una tormenta de ellas, se veía abrumada en un mar extraño, en una ciudad extraña, y sobretodo, consigo misma, que se había convertido en una persona que ya ni entendía. 


Pero yo era una gaviota.
Le gritaba, porque le sacaba de sus estúpidos pensamientos; gaznaba, durante toda hora, allá donde estuviera de la ciudad, y sé que me odiaba.
A veces andaba cerca de ella, con mis ojos pálidos fijos en su reflejo, y ella me devolvía una mirada desconfiada, enfadada porque mis ruidos le dolían. 

Me odiaba porque era el ruido que ella había acallado en su interior, y sé que si tubiera los utensilios, me mataría.

 (continuará)

 




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